Diciembre 12 de 2017

Si bien la sostenibilidad se instaló hace varias décadas en la agenda empresarial alrededor del mundo, no es extraño encontrarse con organizaciones que todavía equiparan la sostenibilidad y la responsabilidad social empresarial con la filantropía o el apoyo a campañas de protección del medioambiente. La sostenibilidad va más allá de eso, pues comprende tres dimensiones: económica, social y ambiental.

En el caso de la responsabilidad ambiental, es importante empoderar a los colaboradores para que sean replicadores de buenas prácticas al interior de la compañía. La mejor manera de hacerlo es desde las cabezas, pues son los gerentes quienes tienen todo el potencial para convertirse en impulsores de esta cultura.

Para lograrlo, es necesario cambiar procesos y mecanismos dentro de la organización, bien sea para llegar a una producción más limpia, en el caso de organizaciones industriales, o para mitigar los impactos, si se trata de empresas de bienes y servicios.

Expertos en responsabilidad empresarial como los españoles Manuel Bestratén y Luis Pujol aseguran que una empresa es ambientalmente responsable si:

  • Demuestra conducta ética en todas sus acciones.
  • Brinda condiciones saludables y seguras a sus trabajadores.
  • Muestra respeto estricto por el ambiente, interno y externo.
  • Está integrada a la comunidad que la circunda, conoce y participa de sus anhelos y necesidades, así como de sus problemas.

Por esta razón, si en su organización aún no se ha establecido una cultura de responsabilidad ambiental, un buen punto de inicio puede ser medir y auditar -a través de reportes de sostenibilidad o de reportes integrados que combinan el desempeño financiero con el desarrollo sostenible– indicadores como el consumo de energía y agua; la cantidad de desperdicios sólidos producidos; las emisiones de dióxido de carbono (CO2), o el uso de material reciclable, entre otros.

Este primer paso permite sentar las bases de una estrategia transversal la cual, según BSD consulting “es crucial para entender y comunicar los vínculos entre las estrategias de sostenibilidad y las decisiones de inversión”.

Una vez se tengan los resultados de las mediciones mencionadas anteriormente, el gerente tendrá la información necesaria para tomar las decisiones que conduzcan a que la empresa sea ambientalmente responsable en toda la cadena de valor. Estas se traducen en acciones que pueden ir desde el cambio de materias primas, la reducción del consumo de energía en ciertos procesos, hasta la compensación de la huella de carbono de la organización.

Estos correctivos se pueden traducir en beneficios como un aumento de la reputación, teniendo en cuenta que varios consumidores de bienes y servicios están cada vez más preocupados por saber si las empresas que contratan o los productos que consumen tienen hábitos ambientalmente responsables.

Dado este primer paso, será mucho más fácil hacer que los empleados se unan a la cruzada ambientalmente responsable. Para Paolo Taticci, experto en medición y evaluación de sostenibilidad del Imperial College de Londres, “es necesario definir nuestros negocios teniendo en cuenta que como individuos o como empresas necesitamos cuidar de las futuras generaciones”. De esta forma, las buenas prácticas en los niveles más amplios de la empresa se replicarán en todos los niveles de la compañía.

Desde la gerencia de RR.HH. es importante que se impulse el uso de la energía y el agua de forma responsable y esto se puede complementar con acciones diarias e individuales que involucren las 4R: reducción, reutilización, recuperación y reciclaje. Así, las grandes decisiones en materia medioambiental de la compañía estarán acompañadas de pequeñas pero múltiples acciones en paralelo que, según Gunter Pauli -impulsor de la llamada economía azul- son las que en realidad generan grandes cambios.

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